LA HIJA SUBREPTICIA

Era una tarde cercana al día del padre. Yendo al trabajo, como siempre, mis ángeles y demonios liberando sus batallas dentro de mi cabeza. En medio del dilema, me llega la pregunta de gracia, ¿de verdad soy un buen padre? Sí, me dije. Doy todo como pueda para con mi hijo. A comparación del mío, que ni siquiera se ha esforzado en lo más mínimo de poder sentir algo para conmigo, y recordando a mis hermanos, terminé diciendo, "o para con nosotros".

Sin embargo, dentro de ese reproche comparativo, los ojos de mi alma se abrieron impactados de la sorpresa irónica que me había llevado, diciéndome, "yo también soy igual que él", "no soy un buen padre. Porque si lo fuera, estaría cumpliendo mi rol completo y no a medias". Recordando la hija a quien me cuesta verla. 

Desde ese entonces, mis pensamientos intentaban armar el rompecabezas del "buen padre". Convenciéndome una y otra vez de que tengo la obligación de evitar crear paradójicamente aquella víctima que se convierta en victimario de sí mismo.

Mi objetivo es claro. Crear una conexión real con mi hija. Ya he superado la vergüenza de la cual ella ignora y es inocente. En la última visita, por un momento, se me vino a la mente la experiencia que plasmó el casi nulo sentimiento de mi padre para conmigo, pero fue fugaz. Como un cometa por el cielo en donde uno pide un deseo que sabe que no se va a cumplir, pero igual lo pide por tradición.

Por ahora no sé si le escribiré más, ya que no hay mucho que escribirle, más que la conversación que tuve con copilot. Y dudo en redactar esa conversa, ya que tengo miedo que le duela tanto como a mí o quien sabe mucho peor, si en caso en algún momento llegue a leerlo, lo que es más probable si lo llego a escribir. No pudiendo comprender los sentimientos que emanaban mi consciencia para ese entonces.

Ya no siento lo de antes, ese dolor profundo se ha encogido a lo más mínimo, al igual que la repulsión. Ahora solo me importan sus sentimientos, su consciencia y sus recuerdos del presente que le quiero brindar. Pensándolo bien, siempre fueron mi prioridad. Solo que no tenía la capacidad de acariciarlos, sentirlos o vivirlos. Todavía estaba encadenado a la sombra impasible de mi padre.

La amo. Y no me cuesta nada aceptarlo. Creí que iba a llorar de nuevo, a sentir lo que sentí la última vez. Pero todo eso se esfumó, como el humo del tabaco que ya no me agrada respirar.

Sin embargo, no me gusta subestimar nada. Sé que hay cosas por pulir, y como padre, un trabajo infinito de no acabar. Así que, primero termino con el acabado, para iniciar la nueva construcción del nuevo progenitor.

Comentarios

Entradas populares de este blog

La policía de hoy en día

EL CAPITAN ASESINO

LA PRESBICIA DEL CORAZÓN