La policía de hoy en día

Lunes, 7 de diciembre del 2020
Lima, Perú

La primera vez que me motivaron para postular a la PNP, fue cuando tenía aproximadamente diecisiete años. En ese entonces, estudiaba en la academia, y rechacé dicha propuesta, porque mi objetivo era estudiar para ingresar a una universidad nacional. Tres años más tarde, ya después de haber intentado de manera mediocre muchas salidas al estudio y a la economía que nos ahorcaba (sobre todo a mi madre), de la cual aún no había escape, porque era previsto que empeoraría; y, sintiéndome en última instancia como salvador económico del hogar. Le di equivocadamente la razón al esposo de mi prima, y decidí prepararme a postular para la policía. De verdad que si me gustaba el esfuerzo vigoroso que se imponía en la enseñanza. Sin embargo, cuando andaba por las calles y veía policías con uniforme, me preguntaba: ¿Están haciendo lo correcto esos uniformados? ¿Están ahí parados por vocación, o porque simplemente es el trabajo que deben de cumplir? Luego me decía: Este es el camino que he elegido, y si tengo que luchar contra todo lo que hay dentro, lo haré. Y terminaba cuestionándome: Pero, yo no estoy ingresando para amar esa institución, ni por el bien de la sociedad, sino por el mío, por el dinero que voy a ganar y por el sueldo estable que voy a tener. Así que tengo que continuar. En el transcurso del camino ya trazado, le daba con muchas ganas. Me esforzaba estudiando y entrenando físicamente. Cada vez que veía la insignia del escudo nacional del Perú de la PNP, me alentaba diciéndome: ese escudo va a estar en mi pecho muy pronto. Sin embargo, una tarde durante el entrenamiento, mientras hacía esfuerzo físico para oficiales, cuando yo iba para la sub, me lesioné la rodilla. Ese pequeño dolor que se formó, se fue agudizando y creciendo cada vez más con el tiempo. Dejó de ser algo que ignoraba, hasta que empezaba a cojear. Justamente más tarde tuve un castigo por una imprudencia que me merecía, y no paré hasta que un alumno quien nos dirigía, me obligó a parar porque veía que no estaba en condiciones para continuar. Hasta ahora no olvido sus últimas palabras. 


- ¡Aspirante, detente!

- *Caso omiso*

- ¡Detente aspirante! - repite. Me detengo en firmes, me alcanza y se para a mi costado. - ¿Estás mal de la pierna?

- No, solo tengo un dolor en la rodilla.

- ¿Por qué sigues corriendo?

- Porque es una consecuencia que tengo que pagar.

- Yo entiendo que te esfuerces, pero de nada sirve que lo hagas acá. Has eso adentro. Si te cagas la pierna, y no ingresas, de nada va servir tu esfuerzo. - Hice caso y continué la ruta caminando.


Meses después, seguí preparándome. Pero, iniciando el año próximo lo dejé por la lesión en la rodilla. El dolor no cesaba, al igual que mi terquedad para con el esfuerzo que tenía que ponerle al entrenamiento físico. Luego llegó la fecha de las inscripciones, lo hice, pasé con muchas trabas. El peso y talla, lo pasé gracias a una testigo. El médico lo pasé engañando con dientes falsamente sin caries; y la vista con más opciones que los demás. El físico, llegué a las justas por la limitada práctica que tuve por la lesión que me impedía poder realizarlo con normalidad. Lo demás, supuestamente lo pasé con la ayuda del esposo de mi tía. Hasta ese entonces, la escuela me parecía aburrida, y al mismo tiempo, me imaginaba a mí en esas habitaciones, viviendo la vida de escuela policial, y escribiendo todo lo que se pasaba ahí. Siempre me repetía: A pesar de todas las dificultades que tengo y que he tenido, he pasado todos los exámenes hasta ahora. Vamos a ver que pasa más adelante. Si entro, bien. Si no, da igual.  Sin embargo, en el último examen (polígrafo), no importaba si uno dice la verdad o miente; lo importante es estar íntegro en la vida pasada y presente, o pagar dicha prueba. Por mi parte, sin importar cuan mala sea, dije la verdad. Ya después de que me digan que reprobé el examen, de la alegría que sentí al pasar por esas rejas, y de saber que ya no volvería a cruzarlas, un amigo mío, con mucha impotencia, me dijo que odiaba a su hermano por no asegurarle su ingreso a pesar de haberle dicho que si lo había hecho. Por el contrario, él mintió en el examen meticulosamente, y a pesar de eso, jaló. ¿Entonces, en que concluye todo esta trama de postulación? En el enganche (vara); esfuerzo y dedicación que se la da a ese objetivo. La conclusión básica que le doy conforme a la poca experiencia que tuve, es la siguiente.


La escuela, tanto como la PNP, es una institución muy hermosa. Los valores, la tenacidad, y todos esos atributos que enamoran a uno con la ilusión de dar un gran cambio en esta sociedad, y sobre todo, en dicho instituto, quedan solo en el alma del mismo. Me he dado cuenta, que por más que uno no quiera, conforme estás y vives ahí, uno llega a amar a la institución, a la PNP; pero, no a la sociedad. No son lo mismo. El hecho de querer a tu madre, no significa que vas a ser bueno con la sociedad. Eso, es lo que pasa con los policías. Confunden el hecho de amar al "alma mater", con la verdadera vocación policial; el verdadero servicio sin conveniencia alguna a la sociedad; el estatus económico - promedio que le da en la sociedad; la vanidad de ponerse el uniforme, no para levantar el pecho orgulloso del trabajo que hace por su país sin corrupción alguna; sino para satisfacer su engañada vanidad de sentirse una autoridad ante los civiles; y muchas deficiencias más que escapan de mi conocimiento y se aferran a mi ignorancia.


Hasta ahora no he escuchado a ningún policía que diga que hace su trabajo con verdadera vocación, con una visión de cambio a su institución, que lo haga por su bien propio, porque su paz interior es la de los demás. Nadie, hasta el momento, me ha dicho que una sociedad consciente y tranquila, es sentirse un buen policía. Pero, ¿Cómo uno puede sentir que hace bien su trabajo cuando al costado suyo hay un colega que le vende o le alquila armas a los ladrones de un barrio cercano?


No sentía nada más que una motivación vacía. Por eso es que siempre cuestionaba las razones por el cual postularía. Todos, en lo absoluto, me daban los mismos anhelos vanos, el de tener una vida estable, un ingreso constante. "Que ridiculez", me decía. Sé que me gusta la vida castrense, pero no tengo suficiente vocación como para hacer de esa institución un cambio para el bien propio y social. Nadie entendía mis sentimientos, ni mis aspiraciones. Y asumo, hasta ahora, pocos o casi nadie los comprende. Y eso pasa por el escaso valor que les doy a los mismos. Sonaba y suena tan absurdo el que te digan, "postula porque es un trabajo seguro". Y eso, me causa tanta indignación. ¿Los policías están por ahí corrompiendo, traficando, malversando, etcétera a costa de su trabajo, y yo como colega, creen que estaría quieto, mirando, escuchando sin hacer nada al respecto? Mi respuesta siempre fue la misma. Si no me voy contra eso, me doy de baja. La situación es simple. Por mi parte, no tengo la capacidad de aguantar todo lo mal manipulado solo por dinero. Sé que el dinero, más allá de ser necesario, suple nuestras vanidades; las mismas que yo no poseo. Soy conformista económicamente, pero mis ideales son millonarios, y con eso moriré.

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