EL CAPULLO ETERNO
Quiero saber ¿por qué no puedo entregar mi lonchera a los "niños de la calle"? Hay algo que no me deja hacerlo, y eso que me detiene es una pregunta. ¿Por qué tengo miedo al pensar que al compartir mi merienda no tendré con que saciar mi hambre más tarde? Ya voy días dando vueltas a esa pregunta y me incomoda mucho no actuar, no intentarlo. Seguir teniendo a esa idea encerrada, oprimiéndola con la inacción. Como si fuera una oruga al que no se le permite transformar en mariposa. Es algo a lo que le llamo "el capullo eterno".
Así que ya no siento que tenga que darle más rodeos a este tema, porque creo haber encontrado la solución (y es la que voy a intentar); la cual es ponerme en acción.
ALGO MÁS VALIOSO QUE EL DINERO
Era una tarde en vísperas de navidad, en la que estaba parado en un semáforo esperando a que pasaran los 30 segundos del rojo, se me acerca un niño con su hermano menor a ofrecerme caramelos. En ese instante, mi corazón se partió al verlos, ya que sentía que su necesidad superaba a la mía (fue lo que sentí, no lo que no sabía),. Inmediatamente, se me ocurrió ofrecerles algo que tenía al alcance de mis manos, miré alrededor del freno de mano donde siempre pongo mis bebidas y comidas, pero mis táperes y botellas estaban vacías; miré al copiloto, y vi que tenía un panetón entre sus manos (fue el que nos dieron antes de salir de la empresa para repartir), y le pregunté si quería dármelo para regalarle a los niños (al no poder darles nada de mi parte, quise probar si mi compañero tenía mi intención al hacerle esa pregunta), pero al verlo dudar, me anticipé con decirle que le daría el mío llegando a la "base" (fue donde dejé mi agasajo), asintió de inmediato. Les entregué, y me dieron una respuesta que no esperaba recibirla... un gracias por parte del mayor, y del menor, una sonrisa de emoción y alegría.
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